Resulta que cuando pensábamos que las aguas no podían estar más revueltas en las oficinas de Redmond, va y salta la liebre. O mejor dicho, el rumor con pinta de noticia a gritos. Agarraos a la silla, porque parece que Microsoft se está planteando subir, otra vez, el precio de sus consolas Xbox Series X y Series S. Sí, has leído bien. En un momento en el que las ventas de hardware de Xbox caen en picado, a alguien se le ha encendido la bombilla y ha pensado: ‘Oye, ¿y si las hacemos más caras?’. Una genialidad, vaya.
Una tormenta perfecta de malas decisiones
Vamos a poner un poco de contexto, que la cosa tiene miga. Según apuntan varias filtraciones, el motivo de esta posible subida de precios no es otro que la creciente escasez mundial y el encarecimiento de los módulos de memoria DRAM y GDDR. Al parecer, los gigantes de la inteligencia artificial y los centros de datos están comprando chips como si no hubiera un mañana, dejando al sector del videojuego con las migajas. Y claro, en Microsoft, a diferencia de la competencia (ejem, Sony), parece que no habían previsto asegurar contratos a largo plazo para estos componentes, lo que les deja bastante expuestos.
Lo que me vuela la cabeza no es el problema de suministro, que es algo hasta comprensible en el mercado actual. Lo que de verdad me deja patidifuso es la aparente solución: cargarle el muerto al consumidor. Justo ahora. Justo cuando las ventas de Xbox Series X|S se han desplomado en mercados clave como Europa, con caídas que dan vértigo. Justo cuando algunos publishers importantes, según se comenta en los mentideros de la industria, se preguntan si de verdad merece la pena seguir apoyando una plataforma con un parque de consolas cada vez más reducido. ¿De verdad, Phil?
¿Tirar la toalla en la guerra de consolas?
Esta decisión, si se confirma, huele a claudicación. Parece una señal inequívoca de que el foco de Microsoft ya no está en vender consolas. Su estrategia, cada vez más evidente, pasa por convertir Xbox en una plataforma de servicios, con el Game Pass como estandarte. Una especie de Netflix de los videojuegos donde el dispositivo desde el que juegas es lo de menos. Y oye, como idea de negocio a futuro, puede tener todo el sentido del mundo. Pero el mensaje que le mandas a tu base de fans, a los que sí han apostado por tu hardware, es, como poco, desolador.
Subir el precio en este contexto es como intentar apagar un incendio con gasolina. Alienas a los posibles nuevos compradores y, peor aún, castigas la lealtad de los que ya están contigo. Porque no nos engañemos, esto se suma a las subidas de precio que ya hemos visto este mismo año tanto en las consolas como en la suscripción a Game Pass. La sensación es que, en lugar de luchar por cada venta y reconstruir la confianza, se encogen de hombros y se centran en maximizar el beneficio del hardware que saben que, sí o sí, van a vender, aunque sea a un nicho cada vez más pequeño.
Lo que más me sorprende de todo esto…
…es la ironía, casi cómica, de la situación. Tienes un producto que lucha por encontrar su sitio, que ve cómo su rival directo le saca una ventaja abismal en ventas, y tu gran plan estratégico es hacerlo menos accesible. Es una lógica de mercado que se me escapa por completo. Es como si el capitán del barco, viendo que la nave hace aguas, decidiera subir el precio de los chalecos salvavidas. Una genialidad, de verdad. Se siente como una falta de respeto a la inteligencia del consumidor y a la pasión de una comunidad que, a pesar de los bandazos estratégicos, sigue ahí.
En definitiva, esta posible subida de precio parece un clavo más en el ataúd de la Xbox como competidor directo de hardware. Puede que el futuro de la marca sea brillante en el mundo de los servicios y el juego en la nube, pero el presente para los jugadores de consola es, cuanto menos, incierto y frustrante. Esperemos que alguien en Microsoft recupere la sensatez, porque este camino, amigos, no lleva a buen puerto.
